miércoles, 20 de noviembre de 2013

El nuevo dios y la clonación de los días

Ante mí, un ordenador portátil comprado en los días en los que podía permitirme gastar mi propio dinero. La pantalla está en blanco, aunque hay varias manchas de colores que se asemejan a letras.  Son letras, definitivamente. Creo que dicen Goebbles, aunque no estoy seguro. Tras frotarme los ojos durante siete segundos, veo la imagen con más nitidez. Google. Por supuesto, qué iba a ser si no. Había olvidado que éste es mi nuevo dios. 


He aquí un dios diferente, que ni siquiera se hace llamar dios a sí mismo, aunque así lo designan sus seguidores. Puede descargar su ira contra aquellos que intentan engañarlo con sucias técnicas black hat, pero no impone mandamientos ni amenazas para quienes sólo buscan la verdad en él. Te ofrece cosas que el antiguo, el del culto judeo-cristiano, no contemplaba en sus promesas. El vicio y la virtud son apreciados de la misma manera. Dice que, a pesar de la ausencia de ornamentos, ÉL es la llave a todo lo que puedas desear. Es la resurrección y la vida, pero, esta vez, de verdad. No fue el responsable de la creación del mundo, pero asegura que el mundo entero se encuentra detrás de él, así que debes recurrir a sus servicios para cualquier empresa de alto nivel que quieras llevar a cabo. Es el nuevo intermediario entre tú y tu futuro. Pone a disposición de los fieles un rectángulo sagrado en el que éstos expresarán sus deseos y peticiones. No debes rezarle, no es necesario, aunque algunos lo hacen con una devoción exacerbada.

Yo, sin embargo, actualmente, siento cansancio al ver a mi nuevo dios. He averiguado que se trata de otra modalidad de esclavitud divina y desearía librarme de ella, pero su grandiosidad y omnipresencia me aterran, y me consta que es imposible escapar de él. 

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que Google y yo nos llevábamos bien. Yo le pedía información sobre la vida y él me la proporcionaba gustosamente. Me daba lujos y me hacía regalos que yo mismo pagaba encantado. No era mi dios, era mi personal assistant. Me trataba con respeto, me adulaba, me complacía. Eran otros tiempos. Eran los tiempos del lunes-martes-miércoles-jueves-viernes-sábado-domingo.

Ahora es plutnes.

La anterior clasificación ha desaparecido. Todos los días son plutnes -así es como designo al día en el que vivo permanentemente-. Un día que alude a quien vivió momentos de gloria como parte activa del Sistema Solar y que ahora ha sido relegado a simple roca flotante del extrarradio. Mi nuevo día es un ángel caído que abarca a todos los antiguos de una manera difusa y en el que es irrelevante si es laborable o festivo, pues entre ellos no hay ninguna diferencia. Un día gris, gélido y distante a la vida humana, y que siempre comienza con un ordenador portátil que muestra la imagen de mi antiguo amigo y nuevo dios, instándome a que me arrodille ante él para poder volver al pasado. Siento asco cada vez que lo veo; me ha traicionado.

La falta de una rutina en esta sucesión de días clonados es la causa de que todas las jornadas carezcan de individualidad. Todos los afectados por este síndrome se arrastran en este día interminable y tienen una serie de síntomas comunes. La apatía es el más significativo. Todo lo que una vez les motivó carece ahora de interés. No suelen salir de casa –no tienen por qué hacerlo -, y cuando lo hacen, deambulan por las calles con la mirada perdida, como zombis, sin atisbo de alma, pensando únicamente en qué pueden hacer para sentirse útiles y que la sociedad vuelva a tratarlos bien. Nada ocurre en este día eterno, de ahí que prefieran estar dormidos, porque incluso las peores pesadillas son más reales que lo que encuentran al despertar.


Su relación con Google es el segundo síntoma más relevante: saben que ahora son sus esclavos y que la única manera de salir de su miseria es buscar la solución en los archivos infinitos de dios. El antiguo amigo, que antes les llevaba de compras a Amazon, ahora se burla de ellos mostrándoles pop-ups de pornografía aberrante mientras descubren información bancaria teñida de rojo y contemplan ofertas de trabajo que deberían clasificarse dentro de la categoría de ciencia-ficción.
  
Durante un primer periodo, los infectados no son conscientes de su condición, y siguen confiando en la pantalla blanca como antaño. Tras meses de desengaño, comienza una segunda fase en la que llegan a un estado de indiferencia, sentados en una silla giratoria y mirando de forma inexpresiva esa pantalla blanca, sin esperanzas de encontrar la solución en ella. Ya saben que dios es dios y que les está destruyendo lentamente. Pero no pueden dejar de mirarle. 

Las nuevas relaciones interpersonales existen dentro de esa pantalla, ahora teñida de azul, pero ni siquiera son dignas de llamarse 'interpersonales'. Los autómatas observan la vida de los no afectados desde el otro lado de la ventana. Por fin es viernes, dicen los otros. Desde luego que no están afectados. Saben en qué día viven.

Muchos han podido escapar de esta pandemia hurgando en los archivos de dios. Unos, por suerte; otros, por perseverancia. En mi caso, intento adaptarme cada día a mi nueva relación con él, pero hace tiempo que perdí la fe ante tantas peticiones negadas. Y este nuevo dios, Google, solamente te da lo que quieres si eres fuerte o tienes fe en él, ese es el problema. 

Creo que volver al circuito natural es posible. Creo que volver a caminar por las calles con una mirada sana no es una quimera. Puede que la solución esté dentro de Google, pero puede que no. Un documento de autoayuda concluiría aportando una solución para esta distopía de ocio infinito, exclusiva para una minoría que crece a ritmo alarmante. Yo, en cambio,  ignoro cuáles son las claves de cualquier tipo de superación personal, pero estoy seguro de algo que puede hacer esta esclavitud mucho más llevadera: salir a la calle y olvidarnos de dios por un rato. No es bueno que ningún dios condicione tu vida entera, pues acabarás sintiendo que tu insignificante condición de súbdito durará toda la eternidad.

No me juzguen mal, techies, no odio a este dios y no quiero matarlo. A partir de ahora intentaré aprovecharme de él y de su superioridad. Recurriré a él para lo estrictamente necesario, y desecharé esperanzas y expectativas.  Y lo más importante: buscaré una rutina que me aleje de él durante unas horas, la que sea, pero que no dañe la retina.

Es oxígeno lo que necesitamos para que nuestro cerebro funcione bien. Creo que voy a salir a la calle a respirar algo limpio. Y real.






3 comentarios:

DANIEL GUTIERREZ ACUÑA dijo...

maravilloso.

Rodman dijo...

Increíble!!!
Duro, crudo y sincero. De verdad, me parece un artículo soberbio!!
Enhorabuena por el artículo, mucha fuerza y muchísimo ánimo!!

Meridien dijo...

Pedazo de artículo, ENHORABUENA!! Me encanta tu forma de contar la realidad de un tema tan delicado. Hasta el Día de la Marmota tiene un final!!

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