miércoles, 30 de octubre de 2013

Emperor Reed Building

El ego del artista neoyorquino era, a veces, comparable al del más narcisista de los emperadores romanos y se erigía como la torre más alta de la ciudad de Nueva York, especialmente en los encuentros con la prensa y los fans, en los que derrochaba desprecio y desinterés a partes iguales.

El mayor deseo de un melómano es, sin duda, tener el placer de intercambiar unas palabras con su más venerado ídolo. Sin embargo, apuesto a que ningún fan de Lou Reed con algunos conocimientos sobre la arisca personalidad del artista  y  algo de amor propio hubiera elegido pasar una velada con él, a no ser que su interés residiera en explorar fantasías sadomasoquistas que previamente habría tenido con el creador de sus melodías favoritas.


La periodista Bárbara Celis publicaba, en las horas posteriores a la muerte de Reed, un artículo en el que destapaba sus dos encuentros con el músico. El primero, grato; el segundo, nefasto. Su tremenda soberbia en las entrevistas era de sobra conocida entre la prensa musical y hacía que el antipático Paul Weller pareciese un peso mosca en comparación con el gigante Lou. En la mayor parte de ellas, Reed perdonaba vidas, negaba respuestas, ridiculizaba a su interlocutor o guardaba un silencio indiferente.

En cuanto a sus fans, la cosa no era sino peor. Esto era lo que podías encontrar si, desde una posición inferior, tenías la oportunidad de conocerle y abrías esa puerta: un Marqués de Sade con gafas de sol Ray-Ban dispuesto a pisotearte para recibir un poco de placer a tu costa. Sin embargo, uno de los juntaletras más conocidos el mundillo musical, Lester Bangs, supo plantarle cara en una entrevista que más bien se asemejó a una pelea entre dos estudiantes de primaria.

En el fantástico libro Por Favor, Mátame, Legs McNeil y Gillian McCain, testigos presenciales de la escena artística neoyorquina de los años 60, 70 y 80, relatan las vivencias de todos sus participantes. Lou encabeza los primeros puestos de la extravagancia con unas cuantas anécdotas extraordinarias. En una de ellas, el posteriormente consagrado artista Duncan Hannah, entonces estudiante de arte, conoce a su ídolo, Lou Reed, una noche en el Max’s Kansas City, gracias al periodista Danny Fields. Durante una conversación sobre la obra de Raymond Chandler, Hannah se atreve a participar en la misma, y es lo suficientemente menospreciado, vapuleado y ridiculizado por Reed como para decir, años después, al respecto: 

Fue horrible. Es horrible estar con tu ídolo cuando eres un estudiante de arte. Capté el mensaje. Ser visto sin ser oído. Soy un objeto, un accesorio. Por fin he conocido a mi ídolo, pero no puedo hablar.
Lo que paso después de esa conversación sobre Raymond Chandler y lo que Lou propuso a Duncan al oído fue tan asombroso como para que os compréis el libro y descubráis todos los detalles de ésta y otras anécdotas.


Pero, ¿cuáles son las raíces de una personalidad como ésta? La educación represiva de Lou en su adolescencia le llevó a recibir tratamiento de electroshock cada vez que sus padres intuían un comportamiento rebelde en las acciones de éste. De hecho, Sterling Morrison recuerda que la familia Reed amenzaba con internarlo en un sanatorio cada vez que su hijo sufría algún percance, fuese del tipo que fuese.

Cuando la Velvet Underground daba sus primeros pasos, su principal elemento de transgresión consistía en elevar a los altares el individualismo frente a los ideales de fraternidad hippies que un par de años después llenarían la costa oeste de comunas y festivales. Las canciones de Reed hablaban de personajes suburbanos, travestismo, drogas duras, sexo extremo, la decadencia de la gran ciudad, y tenían influencias de la Beat Generation y de poetas simbolistas y malditos como Rimbaud y Baudelaire. Las obras de Sade y Sacher-Masoch también jugaban un papel importante en sus composiciones. Heroína y flores del mal versus ácido y flower-power. El punk antes del punk.

Apadrinados inicialmente a regañadientes por Andy Warhol gracias a la mediación de Paul Morrisey, The Velvet Underground pasaron a formar parte del grotesco ambiente del sagrado centro artístico de la Calle 47. Un paseo por la Factory era el equivalente a una visita al circo de Freaks: la parada de los monstruos. La música del grupo encajaba a la perfección en aquel ambiente. Lou, sin embargo, odiaba a Andy porque ambos eran demasiado parecidos y compartían ese sentido del humor malvado que los hacía tan especiales. El mecenas, por su parte, se ponía demasiado nervioso con la presencia del rockero e intentaba esquivar sus encuentros con él siempre que le fuese posible.


Después de que el grupo se desvinculase de Warhol, debido a la perdida de interés de éste en el proyecto, y tras el lanzamiento del álbum White Light/White Heat, Reed no soportaba que John Cale, el miembro más vanguardista del grupo, le hiciera sombra en sus dominios, así que dio a elegir al resto del grupo: ‘o John o yo’. Los otros dos miembros eligieron a Reed y éste se puso la corona tras ganar la batalla.

Tras dejar la Velvet, Reed inició una prolífica carrera en solitario, sus excentricidades aumentaron y se convirtió en el mito que es ahora; mito que crecerá irremediablemente a partir de su reciente fallecimiento. Esa leyenda está llena de luces: sus magníficas canciones; y sombras: sus arrebatos de nihilismo y crueldad. 

Muchos desconocen el lado oscuro de aquellos artistas a los que adoran, y cuando lo descubren, quedan desconcertados. ¿Creías que el hecho de haber conectado con sus canciones, libros, películas, poemas, pinturas, etc., te acercaba emocionalmente a ellos? En absoluto, sólo has conectado con su obra, su mensaje. 

Así que, para conservar la grandeza de tal obra, podríamos: (a) limitarnos a ella y negar cualquier factor externo que pudiera ensuciarla. Pero me temo que esto no sería más que una farsa, una estratagema para crear una realidad idealizada y artificial que actuaría a modo de terapia y que despojaría al arte de su esencia principal: la realidad de la fuente creativa.

Así que será mejor: (b) convivir con el lado oscuro de nuestros ídolos y evitar aproximarnos a ellos esperando que nos dediquen afables palabras. Así desdeñaremos los daños colaterales causados por la personalidad que late detrás. Para mí, sin duda, es la mejor opción.

No obstante, en caso de que estas alternativas no te satisfagan y ardas en deseos de encarnar al esclavo Severin en La Venus de las Pieles, ya sabes: (c) acércarte a ellos y tendrás el placer de ser azotado por sus palabras. Ambos disfrutaréis.

2 comentarios:

Rodman dijo...

Un genio, el tío!! Pero menuada joyita... como para llevártelo a casa!!! Enhorabuena por el artículo, interesantísimo como simepre!!!

Meridien dijo...

Vaya con Lou... no tenía ni idea!! Estoy enganchada a tus artículos, lo que se puede llegar a aprender de un "charlatán"! Enhorabuena!!

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