miércoles, 15 de mayo de 2013

EPISTEMOLOGÍA DE LOS DULCES CATETOS

Ahora que las tarifas del AVE han bajado, planeo incrementar en lo sucesivo el número de viajes a mi ciudad natal, y por ende, a casa de mis padres. Mi emancipación tuvo lugar hace exactamente 14 años, y cada vez que he tenido un periodo vacacional he aprovechado esos días para volver al nido y disfrutar de las comodidades que ofrece un hogar de clase media, a diferencia de los pisos compartidos, donde es imposible disfrutar de una vida plena.

Lo primero que haces al llegar a casa de tus padres es correr hacia la nevera. A veces incluso olvidas besarles. En los tres escasos segundos que dura el recorrido desde el recibidor hacia la cocina, tu mente se recrea fantaseando con aquellos productos que en tu mísero piso compartido no tienes la posibilidad de introducir. Sueñas con el embutido y cuentas con su presencia; siempre ha estado ahí. El chorizo no será de plástico, como el que tú compras, sino que tendrá una textura grasienta y un color oscuro, elementos que garantizan su calidad. El queso tiene forma de cuña y no se degusta en tranchetes. La CocaCola te espera en formato lata (a petición tuya) y conserva todo el gas que necesita para poder seguir llamándose CocaCola. Digamos que la nevera es una apuesta segura porque su contenido no ha cambiado desde que tienes uso de razón. Sin embargo, la cocina alberga una sección rebelde que desde que aprobaste el examen de selectividad se niega a evolucionar. Un rincón arcaico, propio de la posguerra, que bien podría emitirse en blanco y negro y por la UHF: la despensa.

La despensa es sinónimo de decepción. Cuando eres joven y vives en casa de tus padres tienes la oportunidad de manipularles para que compren bollería industrial. Una vez que te emancipas, les dejas a su libre albedrío y convierten la despensa en el reflejo de su infancia, llenándola de bollería artesanal, o lo que es lo mismo, de dulces catetos.

¿Y qué son los dulces catetos? Me alegra que me lo preguntéis. Son el recuerdo de una época en la que Pantera Rosa ni siquiera se asociaba a Peter Sellers, y Tigretón era simplemente un tigre grande y peleón. Para definir mejor el concepto, mostraré algunas características que pueden ayudaros a diferenciarlos:

  • Son tremendamente secos y sólo pueden ser consumidos con la ayuda de café o leche, de lo contrario se agarrarán al paladar y habrás de utilizar una cuchara para extraerlos haciendo palanca. Es tal su deshidratación que si el Sol se desviara de su órbita acercándose a la Tierra y las temperaturas subieran estrepitosamente, los dulces catetos serían los únicos seres que sobrevivirían a tal catástrofe.
  • No hay chocolate por ningún lado. Los más atrevidos están rellenos de cidra o yema.
  • No contienen un nivel elevado de grasas saturadas, lo que hace que su digestión sea más llevadera. Si engulles un paquete entero de Circulo Rojo, notarás como en unos minutos aparecen los siguientes síntomas: nauseas, sudoración, confusión mental, cansancio. Sin embargo, si devoras una caja de bizcotelas (6 unidades), el único síntoma posible es la deshidratación, pero ésta solo aparecerá si has hecho caso omiso a la recomendación de ingerirlos con café.
  • Tienen un denominador común: se fabrican en pueblos, no en ciudades. Están alejados del bullicio de la urbe y su modernidad. Son los amish de la repostería. Si alguna vez veis un dulce de apariencia cateta y, al darle la vuelta, comprobáis que ha sido producido en un municipio de más de 100.000 personas, os están engañando.
  • La procedencia y la localidad de origen determinarán, en la mayoría de los casos, la segunda parte del nombre del dulce. Ej: Mostachones de Utrera.
  • Una excepción a la regla la encontramos en aquellos que han sido fabricados en conventos. Estos no son un engaño, pues un convento es como una fortaleza dentro de la ciudad, una delegación del Vaticano que garantiza la esencia tradicionalista de lo que allí suceda y/o se produzca. Estos dulces siempre honrarán a un santo en particular. Ej: Yemas de Santa Ana.
  • El envase de los verdaderos dulces catetos no contendrá colores llamativos. Los más afamados hacen del packaging una manifestación de sus valores: vienen envueltos en papel blanco (pureza), en cajas de madera (artesanía) o simplemente en bolsas de platico y bandejas cubiertas con papel film (transparencia).
  • Nunca han hecho uso de la publicidad y el marketing para posicionarse. Su secreto es el boca a boca, algo parecido al éxito de Apple.
  • Su precio es, en ocasiones, elevado. Esto se debe a su elaboración artesanal. Sus imitaciones producidas en masa son mucho más asequibles y son las que verás en tu despensa la mayoría de las veces. Cuando se acercan las fiestas populares es el momento de estirar el bolsillo e invertir en autenticidad.
  • En algunos casos, la imitación ha igualado al original y su éxito ha llevado a que numerosas compañías apuesten por ellos. Las marcas blancas también cubren la necesidad de repostería tradicional en la población.
Una generación malacostumbrada a la bollería industrial ha tenido que enfrentarse en algún momento a los gustos de sus progenitores. Este factor ha desencadenado un choque generacional y ha hecho que los dulces catetos sean un amigo para muchos y un enemigo para otros; gloria para los puristas y condena para los teenagers más influidos por la sociedad de consumo y sus ídolos televisivos (¿alguien se imagina a Hanna Montana degustando unas Tortas de Inés Rosales en el centro comercial con sus amigas?). No hay lugar para la ambigüedad, es un conflicto polarizado y has de posicionarte firmemente en uno u otro lado. Los dulces catetos son, en definitiva, como Los Planetas: o los amas o los odias.



3 comentarios:

Merluzo dijo...

"Los dulces catetos son los Amish de la repostería" ¡Qué grande!

Yo soy pro dulces catetos...

Manuel Ramírez dijo...

Dulce Cateto: Manjar analfabeto a disfrutar en el espacio temporal comprendido entre la "post-siesta" y la merienda acompañado, como bien dice Juan, de café o leche, y que necesita de un golpe firme de cuello para ayudar a depositarlo en el estomago, su nuevo habitat natural durante las siguientes 5 horas.

Paco Ramírez dijo...

El Dulce Cateto, un manjar que no lo puede igualar ni el mismísimo Paco torreblanca y creo que Pierre Hermé, si se pasara por los pueblos de menos de 10.000 habitantes volvería a revolucionar la pastelería francesa.

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