martes, 8 de enero de 2013

TWITTER: WHY DON’T YOU FOLLOW ME???

Llevo poco tiempo utilizando Twitter. Hace un año abrí una cuenta, escribí dos o tres mensajes y, tras creer que aquello no tenía utilidad alguna y que era un invento para modernos de tercera generación,  perdí el interés totalmente y dejé de publicar durante unos meses. Fue hace unas semanas cuando retomé la actividad ante la creciente popularidad de la red (la incorporación de hashtags promovidos en espacios televisivos o la constante mención en los medios de comunicación tradicionales dan buena prueba de ello) y la creencia de que mi presencia allí podría proporcionarme oportunidades profesionales. Me dispuse, entonces, a seguir a empresas y cuentas que estuvieran relacionadas con temas que me interesasen. También, cómo no, me puse a seguir a famosetes, aunque seguía sin verle la gracia a aquello.

Para más Inri, me sentía como un cateto entre tanta terminología extraña. Tardé varios días en entender quién decía qué a quién en las interacciones que aparecían en las cuentas de los usuarios. Incluso mi cuñado se encargó de elaborar para mí un cuidado dossier explicativo de los términos y fórmulas comunes en Twitter porque no lograba comprender ese amasijo de @,#, RT y FFs que veía en mi timeline y en el de los usuarios cuyas cuentas cotilleaba.



Con 0 seguidores es muy difícil dar a conocer tus opiniones, así que importé los contactos de mis cuentas de correo electrónico. Tras esta operación, conseguí solamente 10 seguidores, todos ellos conocidos o amigos. ¡Y no de gratis, oiga!, me siguieron porque yo les seguí a ellos (más tarde me enteré de que aquello se llamaba follow-back o lo que viene siendo un ‘te sigo y tú me sigues’).  Había que tratar de buscar adeptos a los que interesasen mis comentarios. Lamentablemente, si no opinas sobre los trending topics, no eres visible en absoluto para los usuario o, al menos, creo que ese es el primer paso para darte a conocer. La mayor parte de los TT es morralla: #Euroclubmemola, #Justinweloveyou, #Felizmartes, #10cosasquemegustandeti y un largo etcétera de hashtags que me hacían perder de nuevo la fe en el adorado y alabado por todos Twitter.

Comprobé que había usuarios que tenían cientos, miles de seguidores. Incluso la mayoría de mis amigos habían sobrepasado la centena. ¿Por qué cojones no me hacía caso nadie? ¿Qué es lo que estaba haciendo mal? ¿Tenía que hacerme Belieber para que el triste número que aparecía en la pestaña followers tuviera un aspecto menos ridículo? Me metí en webs donde los expertos daban consejos sobre cómo conseguir seguidores en poco tiempo. Todo aquello me sonaba a rollo de feriante  o a anuncio de pérdida de peso  en dos semanas de teletienda pero, aun así, puse en práctica algunas de aquellas técnicas. Poco después recibí un email diciéndome que alguien me seguía, y mi ego subió repentinamente. Después leí el mensaje, y el ego volvió a su sitio: “¡Aborto Cero @derechoalavida te está siguiendo en Twitter!”. Soy varón, pero en aquel momento me entraron ganas de abortar. Aquel usuario no se estaba interesando en mí, ni en mi perfil o en mis comentarios. Quería, simplemente, un ‘voto’ y lo estaba pidiendo aleatoriamente y con los ojos cerrados.

Los días pasaban y el número de seguidores apenas subía. De vez en cuando una asociación de padres divorciados o un ingeniero informático de Iowa acudía a mí para jugar al follow-back. ‘Bueno, menos da una piedra’, pensé…Yo les devolvía el follow, pero a los pocos días veía en la lista de personas a las que sigo una variedad e incoherencia que no beneficiaba demasiado a mi integridad moral y a mi imagen externa. Acto seguido, miraba al número de seguidores y mandaba a la mierda los principios éticos. Tiremos de follow-back, si todo el mundo lo hace…

Sin embargo, poco después, veía la cara oculta del jueguecito. Un día comprobé, exhausto, que el número de followers había bajado. Me puse a comparar la lista de seguidores y seguidos. ¿Quién me había dejado de seguir? Y lo más importante: ¿por qué?


Sí, hablamos del temido unfollow. Cada vez que sufría uno, me ponía de mala hostia. Intentaba memorizar a quienes yo seguía y después comprobaba en la lista de seguidores si alguien había desaparecido. Aunque fueran pocos, servidor no posee una memoria privilegiada, así que tenía dificultades para descubrir quién era el traidor. Normalmente desconfiaba del ingeniero de Iowa, siempre me dio mala espina, pero tengo que romper una lanza a su favor y decir que a día de hoy sigue siéndome fiel, aunque nunca escribe ni dice nada. Será que en Iowa son así.

La envidia es muy mala, y a mí me corroía al comprobar que en Twitter había superhombres que ni el mismo Nietzsche hubiera imaginado. Cada mañana entraba a ver qué se cocía por aquella jaula de grillos y observaba en silencio a los dioses twitteros. Algo que me sacaba de mis casillas era el presenciar que un tuit que decía ‘Buenos días a todos!’ llegara a acumular más de 1.000 RTs. Al contemplar semejante borreguismo me daban ganas de coger un rifle y matar a balazos al dichoso pajarito.

Habrá alguno que piense que esta historia va a dar un giro en las próximas líneas y que, al final de este post, anuncio que actualmente tengo 250 seguidores y proclamo las claves de mi éxito. Va a ser que no. Tras mi segunda venida, he estado dos meses participando activamente en Twitter y, a día de hoy, tengo 28 seguidores. 28. Tócate los cojones. He seguido a empresas, empresarios, famosos, no-tan-famosos, twitteros consolidados, conocidos y amigos, y únicamente se han interesado en mí 28 personas, muchas de ellas buscando un follow back, claro. No es precisamente un caso de éxito, ¿verdad?

No obstante, voy a acabar este texto con una valoración positiva. Si bien no he logrado captar la atención de las masas, me he dado cuenta del verdadero beneficio de Twitter: hay mucha gente a la que merece la pena seguir. Y no porque puede que te sigan, sino porque te demuestran que en el mundo existen personas totalmente desconocidas que merecen ser escuchadas. Mucho más que a los que normalmente solemos escuchar.

He visto usuarios que tenían 15.000, 20.000 followers, peeeeeero…estaban siguiendo a 15.000-20.000 usuarios. ¡La policía no es tonta! Ráscame la espalda y te la rasco. Mira, prefiero tener 20 seguidores sinceros a 500 que me sigan porque yo les estoy siguiendo a ellos. Ya no me importa si lo estoy haciendo bien, mal o regular en Twitter. A partir de ahora, lo utilizaré para escuchar a gente interesante, gente que me haga reir, gente que me aporte algo, gente que tenga aficiones comunes o, simplemente, gente que me alegre la mañana poniendo bromas triviales como:


Y es que es increíble el ingenio que hay en twitter. En un foro sobre publicidad, recientemente celebrado, en el que participaba Risto Mejide, éste dijo que en la red social hay un talento tan grande que no cabría ni en la mejor de las agencias. Aunque sea un personaje odiado por el 90% de la población, hay que reconocer que no le faltaba razón. Hay muchos genios en la sombra.

Por otra parte, la red del polluelo es una herramienta que te permite analizar a la totalidad de la sociedad (no sólo a tu círculo de amigos y conocidos, como ocurre en Facebook), te mantiene informado de lo relevante con una inmediatez indiscutible y te anima a desarrollar tu creatividad para que no se oxide. Eso sí, 20 caracteres más vendrían de perlas.

Bueno, acabo con una conclusión: si con tu número de seguidores no puedes jugar ni una pachanga futbolera, no te desesperes. Lo importante no es tener seguidores, sino seguir a  la gente adecuada.

Y si esto no te consuela, ya sabes: siempre te quedará el ingeniero informático de Iowa.


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