miércoles, 20 de marzo de 2013

Art Decadence

En FAQ about Time Travel (Gareth Carrivick, 2009) hay una escena en la que los protagonistas discuten sobre las posibilidades de viajar al pasado y cambiar el rumbo de la historia. La primera sugerencia es, cómo no, matar a Hitler. Sin embargo, poco después plantean otro tipo de crimen temporal: asesinar a determinados artistas justo después de culminar su mejor obra con el fin de evitar el declive de sus carreras. Por descabellado que parezca, la idea me pareció sensata teniendo en cuenta la caída que experimentaron algunos actores, pintores, escritores y músicos que, tras años de ingenio y creatividad, se convirtieron en grotescas caricaturas de sí mismos.

Pongamos como ejemplo a Bowie. Una década dorada, la de los 70, publicando una sucesión de obras maestras. Cada uno de los diez discos que lanzó durante esos diez años (exceptuando Young Americans y Pin Ups) merece ser incluido en cualquiera de esas listas elaboradas por los medios para enumerar los ‘X mejores discos de la Historia’. A esos L.Ps habría que sumar The Idiot y Lust for Life de Iggy Pop, que prácticamente son obra del londinense, y los arreglos y producción de Transformer, de Lou Reed. En aquel decenio Bowie expulsaba una flatulencia y la armoniosa ventosidad era digna de ser grabada debido a su genialidad. 


En 1981, sin embargo, todo cambió. Scary Monsters, última gran obra, había sido publicada el año anterior y, aunque no llegaba a la altura de Lodger, su predecesor, contiene varias pistas que están entre lo mejor del alienígena de Brixton. Todo, pues, seguía igual en 1980: el genio seguía siendo genio. ¿Qué pasó entonces? Que al champagne le desaparecieron las burbujitas. 

Tras Scary Monsters, David B. decide tomarse un descanso y dedicarse a la interpretación. Participa en varias películas y obras de teatro, e incluso parece que no se le da del todo mal, según la crítica. Llega 1983 y el compositor ha estado prácticamente alejado de la escena musical, la cual es substancialmente diferente a la de 1980. Para colmo, ha aparecido un canal de TV dedicado íntegramente a la emisión de videoclips, por lo que la imagen y la estética de un artista está disponible las 24 horas del día, y no sólo el jueves por la noche con la emisión de Top of the Pops.

Todo esto no debería suponer, en principio, un problema para Bowie. Lleva una década innovando musicalmente, reinventándose estéticamente y vendiéndose al público sin perder la maestría de sus obras. Y es aquí cuando el genio mete la pata hasta el fondo. ¿Cae en desgracia, acaso? ¿Fracasa en las ventas? Nada de eso. Con la publicación de Let’s dance da el salto al gran público y se convierte en una megaestrella musical. Sus vídeos se emiten constantemente en MTV y su pelo teñido de rubio platino hace juego con los neones más horteras del momento. Podríamos perdonárselo si la calidad del disco fuera aceptable; un bad-hair day lo tiene cualquiera y, bueno, si quiere llenar estadios, que los llene, que para eso es Bowie. Pero no se lo vamos a perdonar. Let’s dance, sin ser un disco horrible, es, o mejor dicho, no es Bowie. Let’s Dance es Prince, Michael Jackson, Phil Collins, Tina Turner, Robert Palmer, Gary Moore, Wham, etc. Un hibrido de los productos comerciales que triunfan en ese momento. Artistas que gustan a ese compañero de trabajo que se emociona con Bon Jovi o que cree que entiende de música porque en su colección de discos se encuentran The wall de Pink Floyd y un Greatst Hits de Queen. 

Los conciertos de la gira Serious Moonlight para promocionar el disco son un éxito, pero los antiguos seguidores de Ziggy miran a su alrededor en busca de una cámara oculta. ¿Es una broma? Este tío no es el que compuso Hunky Dory, devuélvanme el dinero. Nos parece estupendo que el camaleón se reinvente, pero en esta ocasión hay que tirar el disfraz a la basura.

Lejos de retractarse, al año siguiente publica Tonight, un disco nefasto. Y en 1987, si había dudas de la debacle, Never let me down la confirma: sí que nos decepciona, y mucho. La gira Glass Spider parece una mezcla del circo de Teresa Rabal y un puticlub con buen presupuesto en luces. Las canciones clásicas, destrozadas; los números teatrales, horribles; la estética, macarra a más no poder; las coreografías, peores que las de 'Noche de Fiesta'. Solo han transcurrido 7 años y hemos pasado de esto:


a esto:

                                                           Bowie en la gala de O.T., antes de cruzar la pasarela.
o esto!:
                                 
                                                      Tranquilos, parece una porno antigua pero es un videoclip.

Ignoro a qué periodo se refería Bowie cuando incluyó la pista Art Decade en Low (1977). Quizás hablaba de los 70 porque era consciente de lo que estaba creando. 10 años después debería haber grabado una continuación de esa canción que se llamara Art Decadence. Lo más gracioso de todo es que, al parecer, David era consciente de lo que estaba sucediendo, a juzgar por sus declaraciones:

Recuerdo que miraba a lo largo de esas oleadas de personas [que venían a escuchar este disco tocado en directo] y pensaba: 'Me pregunto cuántos álbumes de The Velvet Underground tienen estos tíos en sus colecciones de discos...' De repente me sentía muy distanciado de mi público. Y era triste, porque yo no sabía lo que quería.

Y, si estaba tan al tanto de su propia decadencia artística, ¿por qué no le ponía punto y final? Porque la cuenta corriente estaba cada vez más llena. Si Bisbal es millonario haciendo lo que hace, imaginad los ingresos que podía obtener Bowie publicando material mucho más decente en una época en que la piratería no existía. A tomar por saco los principios morales.


Siempre hay alguien que, ante este argumento, me espeta: “es que los 80 eran así”. Menuda chorrada, eso sería como decir que las Spice Girls representan los años 90. Hace 30 años el mainstream estaba plagado de música de plástico y peinados abominables, pero también estaban The Smiths, The Cure, Echo & The Bunnymen,  REM, Galaxie 500, Sonic Youth, New Order, Pixies, A Certain Ratio, The Durutti Column, The Dream Syndicate y 1.500 grupos más que mantenían la decencia en el pop.

Los 80, en mi opinión, no fueron dignos para muchos artistas de los 60 y 70 porque creyeron que lo que salía en la MTV era lo que molaba y, por lo tanto, había que hacer algo por el estilo. ¿Perdieron la creatividad? Quizás, pero con el bolsillo lleno puedes perder lo que quieras, que siempre será más llevadero. 

Es curioso que este tipo de decadencia sea más frecuente en la música y el cine que en otros géneros. Muchos escritores publicaron sus mejores obras en los últimos años de su vida. ¿Tengo una respuesta para eso? En absoluto, pero me intriga bastante. Si alguien posee un oráculo, que lo consulte, por favor.

Estoy divagando demasiado, además de ponerme de mala leche, así que intentaré concluir este post. Como habréis podido comprobar, yo elegiría a Bowie para mi crimen temporal. Me da igual que años después hiciera un par de buenos discos y otros tantos aceptables: la mancha ya está ahí y es imposible de borrar. Ahora bien, si tuviera la oportunidad de viajar al pasado, no mataría ni a una mosca. El crimen está en mi mente, y no es al artista a quien asesino, sino a lo peor de su obra. Éste es, pues, mi modelo de crimen temporal: ignorar y eliminar todo aquello que pueda ensuciar la pulcritud de un artista. 


Vosotros podéis elegir a quien queráis: Coppola, Michael Cimino, Robert de Niro, Stevie Wonder, Marvin Gaye, Lou Reed, The Stone Roses… Poned en marcha el Delorean y elegid la fecha en que todo empezó a ser mediocre.Todos llevamos dentro a un pequeño Mark David Chapman despechado. Sólo espero que el vuestro, a la hora de cometer el crimen, lleve en la mano algo más decente que El Guardián entre el Centeno.


1 comentario:

Rodman dijo...

Buenísimo artículo, sí señor. Sin duda, de lo mejor que he leído acerca de Bowie. Enhorabuena, Charlatán!

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